Mi confrontación con la docencia.
Es verdaderamente interesante voltear atrás y observar toda aquella actividad que, consciente y en ocasiones inconsciente, realizo durante una jornada de trabajo, que en resumidas cuentas, debe de ser el patrón de lo que he hecho durante tantos años, 30 a lo menos.
Como muchos de mis colegas, el llegar al campo de la educación fue fortuito; con el tiempo habremos algunos que nos hemos identificado con el arte de enseñar. Mas aún, es tiempo que no aterrizamos esa gran emoción de construir en otros lo que nosotros hemos logrado saber.
Ya en el grupo, se vive una experiencia sin igual que se va transformando día con día en un reto que no tiene explicación. Los sentimientos se confrontan con las dificultades que alumnos y maestro derraman en el momento de la explicación, de la reflexión, del comentario, de la incredulidad. Entonces se pone de manifiesto el rol que el docente tiene ante esta maravilla que se representa por la raza humana. Cuan interesante es enterarte que ante todo el ser maestro te convierte en el modelo a seguir y que por ningún motivo, puedes decepcionar al educando y por supuesto a ti mismo.
Mi trayectoria docente ha sido fugaz pero estoy mas que convencido que lo poco o mucho que he inyectado a mis alumnos ha sido un aliciente para ir mas allá de lo que se hubieran imaginado, que el grano de sabiduría que deposité en ellos se ha aprovechado y superado.
Al principio, suplente de profesor de física y matemáticas, que como la mayoría de mis compañeros del grupo 267, se presentó la oportunidad de algunos ingresos extras y cómodos dentro de la docencia en el nivel secundaria.
Con grupos de hasta 90 alumnos, la mayoría mayores de edad, y a mis 23 años descubrí cuántos conocimientos poseía y lo más asombroso, los podía transmitir. Un extra fue el controlar la disciplina en tan especiales personajes que, en varios de ellos me doblaban la edad.
Un ciclo escolar fue suficiente para decidir mi camino en pro de la educación, aunque cabe aclarar que mi especialidad en ese momento era la electrónica. La docencia me llamaba con experiencias que se iba ligando una a otra.
Mi escuela me selecciona para especializarme en el extranjero por dos años. Es en donde por rebote aprendo el idioma de Shaquespeare pero en la línea de las comunicaciones electrónicas. Este momento fue muy significativo para que en realidad decidiera definitivamente dedicarme a la docencia.
Al terminar mi carrera de tecnólogo y regresar super capacitado del extranjero, en lo único que pude encontrar las puertas abiertas fue en la docencia ya que la institución que me preparó no volteó hacia mi por lo que me dirigi a donde pudiera desarrollar los proyectos que necesitaba en realidad desahogar.
Ya dentro de la docencia en serio, se me requirió la licenciatura para ostentar los puestos que fui escalando motivo por el que me inscribí en cursos de verano para obtenerla. Acto seguido modifique en 360° mi práctica docente. Ahora con nuevas herramientas, teorías, tesis, hipótesis etc. me sentía aún más confundido y me cuestionaba con mayor intensidad acerca de que ¿por qué mis alumnos no aprendían la ciencia que les enseñaba?
Fue en el posgrado cuando comencé a alinear mis ímpetus de enseñar, con los de aprender, fenómeno curioso de donde desprendí mi propia teoría _nadie enseña lo que no sabe_ más claro ni el agua, resulta que ¿cómo carajos quería enseñarles métodos y técnicas a mis alumnos si yo mismo no sabía aprender? Situación maravillosa porque entonces comprendí que, gracias a varios teóricos, el único que tenía la verdad no era yo, de que el todopoderoso no era yo, que la tiranía en el salón de clases no funciona, y tantos errores que los docentes cometemos al creernos autónomos en nuestro pequeño reino que es el salón de clases no es como lo visualizamos.
Ahora bien, es justo reconocer que sin los alumnos nuestro quehacer docente sería un cero maya, muy significativo por su origen pero en la aplicación significa… nada. La harmonía con los educandos es la otra mitad necesaria para llegar a conseguir el objetivo más maravilloso del ser humano que es, el conocer.
En pocas palabras ¡¡yo amo la docencia!!.
-Salomón Carrillo Acuña-
Es verdaderamente interesante voltear atrás y observar toda aquella actividad que, consciente y en ocasiones inconsciente, realizo durante una jornada de trabajo, que en resumidas cuentas, debe de ser el patrón de lo que he hecho durante tantos años, 30 a lo menos.
Como muchos de mis colegas, el llegar al campo de la educación fue fortuito; con el tiempo habremos algunos que nos hemos identificado con el arte de enseñar. Mas aún, es tiempo que no aterrizamos esa gran emoción de construir en otros lo que nosotros hemos logrado saber.
Ya en el grupo, se vive una experiencia sin igual que se va transformando día con día en un reto que no tiene explicación. Los sentimientos se confrontan con las dificultades que alumnos y maestro derraman en el momento de la explicación, de la reflexión, del comentario, de la incredulidad. Entonces se pone de manifiesto el rol que el docente tiene ante esta maravilla que se representa por la raza humana. Cuan interesante es enterarte que ante todo el ser maestro te convierte en el modelo a seguir y que por ningún motivo, puedes decepcionar al educando y por supuesto a ti mismo.
Mi trayectoria docente ha sido fugaz pero estoy mas que convencido que lo poco o mucho que he inyectado a mis alumnos ha sido un aliciente para ir mas allá de lo que se hubieran imaginado, que el grano de sabiduría que deposité en ellos se ha aprovechado y superado.
Al principio, suplente de profesor de física y matemáticas, que como la mayoría de mis compañeros del grupo 267, se presentó la oportunidad de algunos ingresos extras y cómodos dentro de la docencia en el nivel secundaria.
Con grupos de hasta 90 alumnos, la mayoría mayores de edad, y a mis 23 años descubrí cuántos conocimientos poseía y lo más asombroso, los podía transmitir. Un extra fue el controlar la disciplina en tan especiales personajes que, en varios de ellos me doblaban la edad.
Un ciclo escolar fue suficiente para decidir mi camino en pro de la educación, aunque cabe aclarar que mi especialidad en ese momento era la electrónica. La docencia me llamaba con experiencias que se iba ligando una a otra.
Mi escuela me selecciona para especializarme en el extranjero por dos años. Es en donde por rebote aprendo el idioma de Shaquespeare pero en la línea de las comunicaciones electrónicas. Este momento fue muy significativo para que en realidad decidiera definitivamente dedicarme a la docencia.
Al terminar mi carrera de tecnólogo y regresar super capacitado del extranjero, en lo único que pude encontrar las puertas abiertas fue en la docencia ya que la institución que me preparó no volteó hacia mi por lo que me dirigi a donde pudiera desarrollar los proyectos que necesitaba en realidad desahogar.
Ya dentro de la docencia en serio, se me requirió la licenciatura para ostentar los puestos que fui escalando motivo por el que me inscribí en cursos de verano para obtenerla. Acto seguido modifique en 360° mi práctica docente. Ahora con nuevas herramientas, teorías, tesis, hipótesis etc. me sentía aún más confundido y me cuestionaba con mayor intensidad acerca de que ¿por qué mis alumnos no aprendían la ciencia que les enseñaba?
Fue en el posgrado cuando comencé a alinear mis ímpetus de enseñar, con los de aprender, fenómeno curioso de donde desprendí mi propia teoría _nadie enseña lo que no sabe_ más claro ni el agua, resulta que ¿cómo carajos quería enseñarles métodos y técnicas a mis alumnos si yo mismo no sabía aprender? Situación maravillosa porque entonces comprendí que, gracias a varios teóricos, el único que tenía la verdad no era yo, de que el todopoderoso no era yo, que la tiranía en el salón de clases no funciona, y tantos errores que los docentes cometemos al creernos autónomos en nuestro pequeño reino que es el salón de clases no es como lo visualizamos.
Ahora bien, es justo reconocer que sin los alumnos nuestro quehacer docente sería un cero maya, muy significativo por su origen pero en la aplicación significa… nada. La harmonía con los educandos es la otra mitad necesaria para llegar a conseguir el objetivo más maravilloso del ser humano que es, el conocer.
En pocas palabras ¡¡yo amo la docencia!!.
-Salomón Carrillo Acuña-

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